Se repiten las elecciones en España. La tercera votación en este 2019. Ante el evidente bloqueo político hay un asunto que me llama poderosamente la atención. Las causas sociales han desplazado en parte de la agenda pública y mediática otros asuntos como la economía. Sin embargo, esta preocupación por lo social no se traduce en una mayor preocupación por el continuo despilfarro de dinero público que podría dirigirse hacia las minorías y grupos en situación vulnerable que los partidos dicen apoyar.

El Rey dice que se acaba. Habrá nuevas elecciones en noviembre. Y Pedro Sánchez para ese 10-N ha pedido a los ciudadanos que digamos “las cosas claras”. Se lo pide a quienes vayamos a votar, se entiende. Ha trasladado la polarización de la política a nuestras manos y la ha convertido en nuestra responsabilidad. Aunque dudo que España se trague otra campaña de miedo como la anterior, que movilizó al país como nunca utilizando la amenaza de un auge de la derecha si nos quedábamos en el sofá.

Con Rivera no

Básicamente Sánchez dejó al activismo y a la moral de sus seguidores lo de presionar a Podemos para evitar una especie de mal menor. Le tenían que ayudar a evitar el sacrificio, ese pacto con Ciudadanos presentado como una inmolación causada por la cabezonería de Pablo Iglesias. Al menos eso ha parecido de cara a la parte más mediática del debate. En lo privado la situación era algo distinta. Pero mientras desde los círculos afines al PSOE se insistía en el “Con Rivera no” desde Podemos lanzaban pistas que daban a entender que Sánchez aceptaría la mano de Ciudadanos si este se la tendía incondicionalmente.

Cosa que no ha ocurrido, lo cual le permite presentarse como víctima. Dice Sánchez que: “Lo he intentado por todos los medios, pero nos lo han hecho imposible”.

Lo va a tener muy difícil para explicar a los votantes cómo es posible que desde marzo siga bloqueada la situación y que todo el debate se haya reducido a reproches enviados a través de medios de comunicación.

Esta situación se lo ha puesto a tiro a medios menos afines a la izquierda. El director de El Mundo, Francisco Rosell, acuñaba el término “izquierda subvencionada” para referirse, sospecho, a gente que gira en torno al activismo afín al PSOE y su financiación:

“Pedro Sánchez retoma la estrategia que dispuso para recobrar la secretaría general del PSOE. Ha suplantado la interlocución con los partidos por un carrusel de citas con los coros y danzas de la izquierda subvencionada”.

Previsión de lluvia de urnas, Francisco Rosell

La miseria como arma política

Lo que Rosell defiende me golpea como activista y me hace reflexionar como votante. Principalmente porque no sabría cómo rebatirlo. Es cierto que la izquierda ha apoyado causas sociales que permanecían más enterradas con la derecha, y se ha servido de ello para ofrecer una imagen más comprometida. Una repetición de elecciones en España beneficiaría al PSOE en ese sentido por todo lo que ha afianzado el voto de un importante sector de la población sensible a las injusticias. Votar al PSOE significa, para algunos, votar una mejora de condiciones para quienes lo tienen peor. Una imagen que, por cierto, han sabido robar a Podemos organizando eventos que antes solo hubieran existido con el sello de la formación morada.

El problema radicaría en que lo social está atado ahora mismo a Sánchez y los suyos. O eres afín o estás fuera. Algo que quedó relativamente patente con aquel “No, bonita. El feminismo no es de todas, se lo ha currado el socialismo” mientras daban continuos portazos a Podemos.

Ese es precisamente mi problema con el activismo, que a menudo depende de afinidad política y no de resultados. Que las víctimas siguen siendo rostros emborronados en documentales subvencionados y que, algunos afortunados, tenemos la posibilidad de acceder a micrófonos y nos entrevistan y nos pagan por contar lo que hemos visto, pero a mí todavía me queda por ver a las protagonistas de las historias sintiéndose seguras porque finalmente se han aprobado unas medidas que evitan que tal o cual abuso se repita.

Si se depende de dinero público pero ese dinero público va a otros intereses de poco sirve moverse.

El precio de repetir elecciones

Me sorprende por ejemplo lo que se me ha llegado a ofrecer por hablar en tal o cual sitio mientras, como he dicho en algún vídeo, no he conocido a ninguna afectada por la industria del sexo que haya recibido dinero público para poder dejar atrás su situación.

Lamentablemente cuanto más conozco la política más me doy cuenta de que el dinero de repetir unas segundas elecciones es calderilla. No para ustedes ni para mí, sino para quienes lo manejan. Y lo manejan quienes no pagan. Como dijo la vicepresidenta, “Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie”.

¿Cuánto cuestan unas elecciones generales en España?

¿Qué hay que hacer para que el dinero público que va destinado a lo social o que sobra vaya a las explotadas sexual o laboralmente, a las marginadas y no tanto al teatro? La única defensa que se me ocurre es que a un país tan comprometido, por el motivo que sea, no le alcanza el dinero para ayudar, solo para concienciar. Pero aquí viene el dato.

Las últimas elecciones, según El Confidencial, costaron a nadie 138.961.517 euros. Casi 140 millones de euros es el precio de repetir una repetición electoral. Y es que leo la cifra y casi parece menos cruel que las víctimas a costa de las que se hace campaña no tengan acceso a internet. Aunque, si lo vieran, echarían el escenario abajo.