A nadie le gusta el fuego. Mancha los trajes, arruga las corbatas y muchos productos para el pelo son inflamables. Nadie que quiera salir guapo en la foto encendería una hoguera a pocos minutos de disparar el flash.  La política hábil se enfrenta a este problema. Necesita dar el mechero y convencer al votante de que lo encienda. Es la política del miedo.

La elección de palabras no es casual. “Incendiario” ha sido un término usado por ambos colores políticos durante el último conflicto relacionado con la independencia de Cataluña para referirse al adversario y llamar al votante a las urnas. Todo ello, por supuesto, con las Elecciones Generales del 10 de noviembre en el horizonte.

Para Cayetana Álvarez de Toledo, del Partido Popular, el incendiario es Torra como aliado de Sánchez:

Es absolutamente inútil apelar al incendiario Torra.

Y es absolutamente inútil apelar a Sánchez, presidente gracias a dos golpistas y todavía hoy aliado político del incendiario Torra.

Este incendio ya sólo se apaga el 10-N.

Españoles, a las urnas.

Cayetana Alvarez de Toledo (@cayetanaAT) 16 de octubre de 2019

Para Alberto Garzón, de Izquierda Unida, el incendiario es Albert Rivera por convocar una concentración en Barcelona, aparentemente para paliar la caída de Ciudadanos en las encuestas.

Un incendiario que se ve ahogado con las encuestas y busca desesperadamente avivar el conflicto. Las derechas están en una apuesta permanente de «doble o nada» pensando en los votos del 10-N al coste de empeorar las cosas en y para todo el país.

Alberto Garzón🔻 (@agarzon) 16 de octubre de 2019

El concepto de la cultura o política del miedo sirve para explicar cómo el miedo puede afectar a las personas en la toma de decisiones o en su forma de percibir el mundo. También explica cómo se utiliza en beneficio político generalmente a través de los medios de comunicación masiva o las redes sociales.

Para asustar a la población y convencerlos de que el fuego y la sangre son un mal menor hay que apelar a sus instintos más primarios, y el miedo es un buen ejemplo. Se trata de crear terror e inculcar la continua sensación de amenaza de forma tan sutil que justifique el estado de exasperación y ansiedad continuo en la población.

Normalmente el periodismo recupera su título de cuarto poder cuando se trata de generar campañas de miedo desde la política. Las noticias se manipulan, las cifras se reinterpreta y se corta y se pega en función de los colores desde los que se escribe. Las declaraciones se cortan a mitad, la foto se hace desde el lado más vacío o lleno de la sala, según convenga, y como dice el refrán: “cuando el sabio señala al cielo, el tonto mira al dedo”.

Pero en una etapa en la que faltan sabios en política y sobran demagogos, ¿qué se señala exactamente?

Una sociedad asustada es una sociedad ciega, pero un gobierno que puede controlar esos miedos tiene un poder casi absoluto para señalar cualquier distracción que sirva como cortina de humo.

En las redes sociales se atisba una implicación mayor con la política, pero si se mira de cerca no es más que la masa enfurecida que trata de identificar al enemigo y se señalan entre ellos como tales, y se culpan y se advierten. Se amenazan.

Habrá sangre, pero no saben de quién. Habrá sangre y desean derramar la propia para presentar a la primera víctima que justifique la guerra.

Se identifican entre ellos como fascistas a los que es necesario combatir. Pero, mientras tanto, el paro, el dinero que vuela de las arcas públicas y la inviabilidad de las pensiones no son objeto de debate o de retweet.

Se compran influencers para liderar causas sociales que financia la propia política. Algo muy útil para controlar qué se dice y cuándo, para golpear con más efecto. Se lanzan mensajes alarmistas y se genera más miedo. Peor. Se asusta a la masa para generar una necesidad de protección que la misma política del miedo les vende más tarde. Me necesitas, vótame, o habrá sangre.

En Cataluña la sangre no ha llegado al río, pero casi, y ha desembocado en una nueva oportunidad de usar el miedo como arma política para generar un enfrentamiento. Y lo cierto es que entre capitanes enfrentados se mantienen pactos que los llevaron y mantienen el poder.

Mientras tanto, la gente sin escaños se parte la cara en su nombre, sin darse cuenta quizás de que todo ese dolor es inútil, porque ahí arriba ya están apuntando al 10N.

La sociedad está agitada. Es uno de los motivos por los que la participación subió en comparación con las Elecciones Generales de 2016.

Si la derecha suma, habrá gobierno de derechas. Y ya sabemos lo que hace cuando gobierna: recorta derechos, se lleva dinero y fractura la sociedad. Si no suma, bloqueará. Solo hay 2 opciones el #10N: avanzar o bloqueo. Si queremos avanzar, apostemos por el @PSOE. #AhoraUnidad

Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) 21 de octubre de 2019

El miedo es una herramienta poderosa para el interés político. Y ese continuo estado de amenaza sirve a la política para presentar sus propuestas como “antídoto salvador”, que es el término que utilizan Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis para referirse a las soluciones que se proponen ante la “maldad líquida”.

Pero es una técnica que se ha usado siempre. Agitar a la sociedad ya agitada para que se enfrenten entre ellos. Para que nosotros, los tontos, miremos el dedo o al enemigo que este señala, pero nunca miremos al cielo. Quien controla eso también controla las soluciones que deberíamos estar dispuestos a tolerar. Porque si va a haber sangre, ellos podrán evitarlo.

Y todo sin salir movidos en la foto, aunque el fondo arda.

Vox alcanza los 52 escaños, el Partido Popular se recupera

Vox se ha disparado. El Partido Popular ha recuperado prácticamente los escaños después de la debacle de las anteriores elecciones. Pedro Sánchez se colocó ayer como el ganador y gran perdedor de la noche en un puesto discutible tras la dimisión de Albert Rivera.

La formación de Gobierno queda en el aire, con una situación mucho peor a la que vimos en las Elecciones Generales pasadas. Sin embargo, lo que se vio anoche fue una derecha crecida y un PSOE que manda callar a sus afines al grito de «con Iglesias sí, con Casado no». La tendencia, según lo visto, es que habrá un ascenso de Vox y una izquierda con las manos atadas de ahora en adelante a la hora de aprobar políticas públicas.

La campaña de miedo hacia la derecha de Pedro Sánchez ha sido un fracaso, y le ha dado la llave a Vox para superar los 50 escaños y ubicarse como tercera fuerza política.