El caso es que cuando nos entrevistamos él no paraba de hablar de Pokémon porque le gustaba muchísimo, y parecía muy tranquilo. Pero, de repente, empezó a dar palmadas al aire porque odiaba los mosquitos. Mientras hablaba, no dejaba de aplaudir y de mirar a todas partes buscando alguno más. Eso no lo detectó la grabadora, porque mientras lo hacía estaba hablando de fantasías sexuales. La temática, junto a la escena que produjo su miedo a tener picotazos, le dieron a la entrevista una naturalidad que no había vivido nunca.
De alguna forma era natural. Yo habría actuado del mismo modo, no me gustan los mosquitos. Pero no esperaba que eso marcara mi primera entrevista con un sumiso sexual. Igual que probablemente hace años la gente no se plantease siquiera que Frank Sinatra pudiera estar resfriado.
Entrevistar a alguien en profundidad consiste en no ponerle un filtro de Instagram a la realidad. Es conocer las anécdotas, los matices, poder incluso imaginar cómo coge un vaso el entrevistado y entender cómo vive y cómo habla.
El resfriado de Sinatra, aunque presente, se curó hace años. Sinatra ya es solo un recuerdo y probablemente ocurra algo parecido con la entrevista tal y como la conocimos. El periodismo se ha automatizado y el espíritu del encuentro en persona desaparece. Grabamos, pero no escuchamos, ni leemos ni observamos. Da algo de vértigo pensar en todo lo que se pierde por el camino.