Ayer se mencionaba en el debate electoral. Tanto el PP, Ciudadanos y Vox como el PSOE y Podemos hablaban de las manadas en España. Hacían referencia a la manada de Manresa en este caso. A Pablo Iglesias el inconsciente le traicionaba y decía «mamadas». El meme estaba servido. Y, después de aquello, el tema no se volvía a sacar más.

Hace tiempo lo leía en El País, y hace unos meses lo leía en El Mundo. Hemos vuelto a los artículos sobre el porno como escuela de “las manadas” y aunque echo de menos estudios científicos que demuestren las tesis sobre los efectos del porno, entiendo que hay que aprovechar el gancho de actualidad y publicar, publicar, publicar.

¿Es malo consumir porno? ¿Qué patrón debemos seguir para considerar a alguien experto en el tema? Hemos pasado de la narrativa de la actriz porno bohemia y sexualmente libre a pintar la industria como un lugar de formación de violadores y el porno como inspiración de manadas. ¿Qué pasó para que se insinuara que el porno era empoderante en esos mismos medios?

También echo de menos que, cuando hablamos de porno, ningún medio grande se plante con una cámara en uno de esos “castings” que se anuncian para grabar a las manadas reales de decenas de hombres que acuden para tener barra libre de sexo con tres o cuatro chicas.

Este texto se basa en el vídeo “Las otras manadas” que puedes encontrar en mi canal de Youtube con el material completo.

Ni analíticas de sangre, agresiones silenciadas y muchísimo dinero en B

Insisto en que no era el único periodista que estuvo allí, y ya son años dándole vueltas al tema. La industria pornográfica explota la supuesta adicción al porno de una forma mucho más directa.

Durante el verano de 2015, acudí a un casting porno con 16 extranjeros a repartir entre cuatro actrices porno profesionales. Pagaron 1000 euros sin incluir algún gasto y transporte, en algún caso un vuelo desde otro continente. Iba a cubrirlo, no tanto como periodista, sino como redactor fantasma de una “auto”biografía que nunca llegó a publicarse.

Estaban allí para, según los responsables, probar suerte y cumplir su sueño de ser actores porno. Aunque cuando uno hablaba con ellos estaba claro que el negocio estaba en hacer una especie de festival del sexo con sus actrices porno favoritas como cabeza de cartel.

La primera pregunta nada más poner el pie en el set fue evidente, ¿cómo van a controlar lo que traen en su sangre y sus genitales esos desconocidos?

Pues utilizaban un método inmediato, pero que no ofrecía ningún tipo de garantía a la hora de detectar siquiera las ITS más comunes. Lo contaba así:

“Ahora que el sistema ha cambiado, necesitan un procedimiento más cómodo y rápido para sacar los resultados aquí. Para ello, extraen una gota de sangre del dedo índice de cada chico para un análisis de sangre capilar, y le toman una muestra de orina también. Una tira de papel de color variable dice si el candidato es apto para la grabación”.

Las actrices porno no tenían control sobre ello, todo dependía de la productora.

Unos meses más tarde me volví a entrevistar con uno de los chicos que acudieron a aquel evento, y me contaba lo que había contraído:

“Pillé herpes. Lo descubrí a los días de volver. Blanco y en botella… además, allí han sido las únicas veces que he tenido sexo sin preservativo”.

Y sobre los malos tratos que pudieran darse, o sobre esa fantasía de la dominación masculina que a menudo denuncian los medios asociándolo al porno, encontré a un tal Max que había llegado desde Canadá y que no mostraba ningún problema en agredir a las actrices frente a la cámara, incluso a pesar de la queja de estas.

“El porno es actuación” me dijo. “Yo soy más auténtico que eso. Ellos son Rocky Balboa fingiendo ser un boxeador, yo soy Mike Tyson, yo soy auténtico. Yo no actúo”.

Las abofeteaba, ahogaba o penetraba hasta que pedían parar la grabación. Y de aquellos combates, los golpes más duros se cortaron de los montajes finales, al menos en los pocos casos en los que los vídeos se subieron a internet. Porque para alguien observador, la cámara probablemente servía a la productora para esquivar potenciales acusaciones de relación con la prostitución.

Pero había contratos. Aunque funcionase en B, en el porno se cedían derechos de imagen que servían para controlar el silencio de las víctimas de agresiones en caso de querer denunciarlo. Y funcionaba. Me lo contaba una chica que entró al porno como forma de pagar sus estudios y acabó dedicándole más tiempo del inicialmente esperado. En el momento de responderme se había apartado del set porque sus genitales habían empezado a sangrar. Tuvo que meterse papel higiénico para parar la hemorragia:

A veces usamos una esponja, nos la metemos por la vagina, aunque suele ser agresiva para la polla del tío y le puede rozar o molestar. Es más práctico meterse toallitas de bebé para parar la sangre”.

En aquel caso, la sangre era el primer aviso de la regla.

Así que sí, el alarmismo puede tener razón, existe algo parecido a una “escuela de manadas”. Se nutre de perfiles agresivos, pasados de rosca o endeudados, pero también de silencio, bucea en la economía sumergida y no es tan mediático como cabría esperar.