El edificio de enfrente (Diario de cuarentena #1)

Hay dos niños en el edificio de enfrente. Visten ropa vieja de colores desvaídos que no combinan. Creo que son hermanos. La chica es la pequeña y parece la que manda. Se pega a los barrotes y finge escapar desde un octavo piso mientras el mayor se queda quieto mirándola, quizás preguntándose si será capaz, si su tamaño y delgadez le permitirán escurrirse entre los hierros y caer a la calle.

Pero la cabeza se lo impide. La niña tiene la cabeza suficiente como para que no le quepa entre los barrotes, y por eso solo puede asomar un hombro y sacar una pierna, dándole una patada al aire.

Hay dos cosas que me sorprenden de la escena. Una es el canto de los pájaros; se oye. Solo pájaros en toda la avenida. Incluso los niños juegan en silencio desde el balcón. Los que trinan están lejos, no sé dónde exactamente. Sobrevuelan la ciudad y cantan. Otros lo hacen desde un cable de la luz, y el resto quizás pían desde el parque que hay una manzana más allá, donde hace muchos años le rompí en su cabeza infantil una bolsa de canicas a mi amigo Álvaro. Fue por culpa de algo sobre lo que no nos poníamos de acuerdo, pero no recuerdo qué era. Lo que sí recuerdo es que perdí la mitad de las canicas y que mi madre me castigó. Unos años más tarde otro chico le reventó a Álvaro un botellín de cerveza en la cabeza y lo llevaron al hospital. Ahora ese chico está en la cárcel, pero no por el botellazo, que al final quedó en nada de milagro, sino por conducir con varios kilos de cocaína en el maletero. Él estaba estudiando matemáticas y dejó la carrera en tercero por los juicios que hubo.

Me pregunto si se oyen los pájaros desde la cárcel. Y el arrullo de las palomas, sobre todo, porque siempre ha sido un sonido muy de aquí, muy de la terraza de la casa donde crecí. Aunque puede que las tenga presentes porque son ellas y las cigüeñas las únicas aves que sé identificar. Me resultan graciosas porque caminan como chulos de gimnasio con el pecho para fuera, como si las plumas les quedasen dos tallas pequeñas.

También me pregunto si a los pájaros les llama la atención ver las calles tan vacías, porque ellos no pueden ver la tele para que un señor con corbata sentado al lado de una mujer muy guapa les explique lo que está pasando.

la ventana indiscreta (Rear Window) de Alfred Hitchcock
Fotograma de «Rear Window» (La ventana indiscreta) de Alfred Hitchcock, 1954

Lo segundo que me sorprende, en realidad, no es nada más que la perspectiva. Siempre he visto el edificio de enfrente como, eso, el edificio de enfrente. Nunca me he parado a pensar que, para ellos, este bloque tiene que resultar igual de marciano. ¿Cómo serán los salones de los vecinos, sus cocinas, sus platos favoritos, sus sueños, sus entierros o las mamparas de sus duchas? Cuando era pequeño siempre veía ancianos asomados a los balcones, y ellos veían a un niño que experimentaba con la gravedad tirando cosas de extranjis por la ventana. Ceniceros de mis padres la mayor parte de las veces. Pero nunca le apunté a nadie y casi siempre caían al patio de la vecina del primero, así que, a efectos prácticos, lo único que he roto en la cabeza de alguien, de verdad, es esa bolsa de canicas.

Miro a los niños y me acuerdo de cuando yo también lo fui. Cuando Aznar solo era un señor con bigote y George Bush un tipo de la tele que le caía bien a mi abuelo Ismael, que llamó a su hijo Ismael, el cual también me llamó Ismael a mí, como en una novela de García Márquez.

Cuando me asomaba por la ventana yo no tenía nombre para la gente del edificio de enfrente. Solo era un renacuajo que podía haberse caído por el hueco horizontal que tenían todos los balcones de nuestro bloque. Luego lo cerraron cuando renovaron la fachada. Y muchos de los viejos del edificio de enfrente murieron y vinieron otras familias con acentos distintos y tuvieron niños como esos dos hermanos.

Me juego un dedo a que a ellos no les importa la cuarentena ni entienden por qué llevan dos semanas en pijama. Para ellos no hay 6.000 muertos y subiendo casi un millar diario todos los días. Saben que existe un sitio que se llama política donde la gente viste trajes, pero ya no lucen bigote. Tal vez ni se pregunten por qué los barrotes no están más separados para poder pasar la cabeza y escapar. Con su edad, yo me preguntaba lo mismo.

Sobre Ismael López Fauste

Soy periodista, escribí "Escúpelo: crónicas en negro sobre el porno en España". En este blog personal escribo sobre comunicación, marketing y otras tantísimas cosas.

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