El cine de terror (diario de cuarentena #2)

Cuando era pequeño tenía dos cosas: un miedo irracional a la oscuridad y un tío con bigote. El parentesco se debía que la hermana de mi madre se había casado con un señor que tenía bigote. Lo del miedo me venía porque me apasionaban las historias de fantasmas y las películas que mamá veía de madrugada porque yo no la dejaba dormir.

“Este niño no puede dormir solo” le decía mi madre a su hermana, mi tía, cuando las dos partes de la familia nos juntábamos cada verano. Mis dos tíos eran profesores. Como matrimonio, estaban bastante centrados en la educación. Me tranquilizaba oírles decir que era común en un niño de mi edad, así me sentía menos raro.

Desde entonces, mi tío el del bigote empezó a llamarme monstruo.

A veces fumaba sentado en el tercer escalón del segundo piso en la casa de mis abuelos. Lo hacía a oscuras como si se escondiera. Pero, cuando me veía, se colocaba el mechero bajo la barbilla y lo encendía para asustarnos a mis primos y a mí con las sombras de su cara. La llama hacía que el bigote le brillara sobre los labios. A mí me resultaba muy sorprendente que alguien le pudiera crecer tanto pelo debajo de la nariz.

Con el tiempo, seguí teniendo el mismo miedo de siempre, solo que a más cosas. Me convertí en un experto en asustarme a mí mismo con historias de zombies, vampiros y todas las que leí a ese Gustavo Adolfo Bécquer, que también tenía bigote. Aunque eso lo descubrí más tarde; cuando era niño Bécquer solo era el libro con tapas de cuero rojo que me regaló mi madre cuando yo tenía siete años.

Una tarde me eché la siesta con mi tía y le pedí que no apagara la luz. “¿Sigues teniendo miedo?” me dijo, y yo le pregunté si ella no le preocupaba que entrara un esqueleto y no lo viéramos. Me respondió que en la vida hay cosas más terroríficas que los monstruos. La muerte de un familiar, por ejemplo. Yo no lo entendí, así que lo cortó diciendo que la asustaba más la idea de que entrara un ladrón en casa que los fantasmas. No me convenció, pero acabé durmiéndome con la luz apagada.

Sin embargo, no volví a dormir la siesta en años. Y en esos años me hice mayor hasta para dejar de necesitar una luz encendida por las noches. De adolescente, tenía dos cosas distintas: un tío con bigote y una obsesión por el cine de terror. Aunque en aquel momento era diferente; los monstruos eran reales en el sentido en el que no estaban hechos por ordenador.

Fotograma de "creature from the black lagoon" cine de terror
Fotograma de Creature from the Black Lagoon de Jack Arnold, 1954

Haciendo balance, no creo que algo de látex me haya distraído tanto un viernes por la noche. Para mí, mi décimo verano es la televisión encendida con el Drácula de Coppona en VHS —el DVD llegaría años más tarde—, y la ventana cerrada por si acaso.

Me gusta el cine de terror porque ahora entiendo lo que mi tía quería decirme. Los fantasmas japoneses no acechan en las esquinas ni crujen sus extremidades; la criatura del Lago Negro habría muerto intoxicada por los vertidos de alguna fábrica y Freddy Krueger no llevaría ese jersey ni en sueños. No es real, y eso me hace sentir seguro.

Lo real es la guerra, la enfermedad y el maltrato. Es un «te quiero» sabiendo que es mentira. O peor, un “te lo prometo”.

Las películas de terror no quieren y los monstruos de ficción no prometen nada porque están hechos de tinta, celuloide y píxeles. Son sustos que no duelen porque no los pensaron para herir, sino para sacudir al niño que hay dentro. Ese terror me gusta porque no es terror de verdad. El terror es otra cosa, es enfrentarnos entre nosotros por defender los colores de un tipo en la tele al que no vamos a conocer en la vida.

Las películas de terror están hechas de sueños y mentiras benévolas. Porque la pistola es de fogueo, el cuchillo de plástico y el tipo con voz de ultratumba que se esconde bajo la máscara es en realidad un buen hombre.

A mi tío el del bigote le pasa como a los monstruos, ahora existe en mi imaginación de niño. Su muerte sucedió como una película, parecía que alguien lo estaba inventando todo solamente para que nos sintiéramos un poco más afortunados cuando salieran los créditos finales.

Tras una pandemia vivida desde la ventana y la pantalla, ahora parece que solo queda el miedo. El de verdad, el que me describía mi tía durante aquella siesta. También tengo miedo a que no vuelva a ser verano.

Mi tío y yo nos veíamos cada verano. Era así. No había verano sin ver a mi tío el del bigote. Durante las primeras vacaciones de la universidad aparecí en una comida familiar con un collar de perro puesto. Me había hecho gótico, y tenía el reproductor MP3 lleno de temas de Marilyn Manson. Mi tía hizo un gesto al ver que me había dejado las uñas largas.

Mi tío dijo que debí haberle avisado. La próxima vez traería una ristra de ajos. Cómo se reía.

Sobre Ismael López Fauste

Soy periodista, escribí "Escúpelo: crónicas en negro sobre el porno en España". En este blog personal escribo sobre comunicación, marketing y otras tantísimas cosas.

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